Parador de Trujillo

Javier llegó a Trujillo al atardecer, cuando las cigüeñas trazaban círculos sobre los palacios de piedra. Se alojó en el Parador, un antiguo convento de clausura, cuyos muros aún guardaban ecos de "Ave María Purísima" y se dirigió a la recepción.

— Fue el Convento de las Religiosas de la Inmaculada Concepción orden fundada por Beatriz de Silva y Meneses. Aquí vivieron ocho monjas llegadas de Cabeza del Buey en 1533. Fundaron este lugar bajo la regla de San Francisco —sus dedos rozaron el torno de madera oscura, junto a la entrada—. Por aquí les pasaban la comida y hablaban sin ser vistas. Ahora, las hermanas están frente al Parador, vendiendo dulces, unas deliciosas pastas de almendra, coco, trenzas, galletas ... pero algunas noches, dicen que aún se escuchan sus rezos.

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El Susurro del Torno

La recepcionista le señaló el patio con columnas y arcos renacentistas, donde se encuentran las salas comunes, el bar y el restaurante. Javier subió a su habitación, abrió la ventana, el aire olía a azahar de los naranjos del patio. La habitación es amplia y confortable, el mobiliario clásico combina con el servicio moderno, una gran cama con sábanas de algodón blanco egipcio, suelos de barro y un amplio baño con todos los accesorios necesarios y toallas de trazo suave.
Javier no creía en fantasmas, pero al caer la noche, mientras paseaba por el claustro, una brisa helada le guio hasta la espadaña. Allí se encontró con una mujer, tejía historias con hilos de luna para un grupo de viajeros:

—"En este mismo jardín, Sor Gabriela, de voz dulce y manos encallecidas por el trabajo en la huerta, tenía un don: las flores brotaban bajo sus dedos como milagros. Pero su mayor anhelo era crear una rosa blanca tan pura como la nieve, que nunca se marchitara, símbolo de la eterna pureza de la Virgen. Durante años, plantó semillas, mezcló tierras y rezó junto a los surcos, pero la rosa perfecta nunca llegaba. Una noche de diciembre, mientras la comunidad oraba en la capilla, una mendiga llamó a la puerta del convento. Su rostro estaba cubierto por un velo y llevaba un hatillo raído. Sor Gabriela, compadecida, le ofreció pan, agua tibia y un lugar junto al fuego. La mujer, agradecida, sacó de su bolso una semilla brillante como una lágrima.
—Plántala bajo la luna nueva, junto a la fuente —dijo con voz quebrada—, y no dejes que el invierno toque sus raíces. La monja obedeció. Cavó un hoyo profundo, colocó la semilla y la regó con agua bendita. Al amanecer, un brote verde asomó. En semanas, creció un arbusto cubierto de capullos de terciopelo blanco. La primera rosa abrió sus pétalos en Nochebuena: era luminosa, casi transparente, y desprendía un aroma que calmaba el alma. Las hermanas la llamaron Rosa Eterna, pues ni el frío ni el calor lograban marchitarla.

Javier y los demás escucharon la leyenda, las leyendas son una fantasía que mezcla parte de la verdad histórica y la imaginación de quien la escribe o la cuenta...
Al día siguiente Javier se dirigió a tomar el desayuno buffet muy completo con todo tipo de infusiones, café, jamón ibérico, zumo de naranja natural, frutas, etc. Se dispuso a salir a descubrir Trujillo, cruzó la calle. En el nuevo convento, una monja invisible tras el torno le entregó una caja de yemas cubiertas de canela. —Es el secreto de cuatro siglos —dijo una voz suave—. Las mismas que horneaba Sor Gabriela.
Javier mordió un dulce y, por un instante, sintió el perfume de una rosa que jamás vería. Supo entonces que Trujillo, como la flor, guardaba eternidades entre sus piedras. Y esa noche, al cerrar los ojos, soñó con manos antiguas plantando semillas bajo la luna nueva.
Los dulces de las monjas son artesanales, hechos sin prisa, sin ingredientes industriales, parecen dulces bendecidos de verdad!

Javier comenzó su paseo por las calles empedradas de Trujillo hasta subir a la Villa Medieval, entrando por la Puerta de Santiago, donde el tiempo parece haberse detenido entre murallas y blasones. El sol dorado acariciaba las fachadas de granito, iluminando escudos nobiliarios y ventanas góticas.
Al llegar a la alcazaba o castillo, el viajero contempló el vasto paisaje extremeño desde las almenas. Respiró hondo, sintiendo que cada piedra, cada rincón, guardaba el alma de un pasado glorioso. Trujillo, con su mística medieval, había tejido en él una mañana inolvidable, donde la historia no se leía… se caminaba.
Después de este paseo Javier vuelve al Parador para comer en el patio que tanto le había gustado, como primer plato decidió que menos es más y pidió una sopa de tomate con higos secos, y de segundo un lomo alto de retinto, que es la joya de la carne de Extremadura, con queso de Ibores.

La tarde la iba a dedicar a disfrutar de la magnífica plaza Mayor de Trujillo que brillaba bajo el ocaso, bañada en tonos dorados que hacían vibrar la estatua ecuestre de Pizarro. Javier caminó entre terrazas llenas de turistas. Fue entonces cuando vio a Ana, sentada en un banco de piedra, con un cuaderno de acuarelas en las manos y el pelo recogido en una coleta deshilachada.
Javier, señaló el dibujo que Ana tenía entre sus manos, su curiosidad hizo que Ana le invitara a sentarse a su lado y entablar una conversación entre ambos.
—Soy de Cáceres, pero Trujillo me atrapa cada verano —respondió ella, mostrando una sonrisa que le arrugaba la nariz—.
Dicen que las piedras de esta plaza susurran secretos de conquistadores. ¿Tú los escuchas?...
Hablaron un buen rato y Javier le contaba que estaba alojado en el Parador, le habló de la leyenda que le habían contado la noche anterior, Ana conocía amores trágicos, la rosa que nunca muere, las monjas que horneaban dulces entre rezos...

—¿Cenamos en el Parador? —propuso Javier—.
El patio renacentista, espacio cerrado al mundo, iluminado por lámparas de luces cálidas, respiraba siglos de silencios. Bajo las arcadas dobles, Javier y Ana compartieron confidencias cenando croquetas de jamón y lubina al horno con verduras y sopa de ajo. Entre las columnas, el aroma de rosas antiguas se colaba, aunque no había ninguna a la vista.
Una campanilla sonó lejos, como eco del torno original. Javier sintió un escalofrío. Ana, sin embargo, rio suavemente: —No temas. Es solo el viento jugando con la espadaña… o quizá Sor Gabriela, recordándonos que las rosas eternas también florecen en el corazón.
Al despedirse, Ana dejó caer un pétalo blanco en la mano de Javier.
—Lo encontré al lado de la espadaña —confesó—. Cuídalo. Quién sabe si es de esa rosa…
Esa noche, mientras la luna plateaba la plaza, Javier supo que Trujillo ya no sería solo un punto en el mapa, sino el lugar donde las leyendas, como Ana, tenían manos cálidas y olores a canela.